Mis manos, sedadas por el delirio permanente, se convierten en alas para traspasar las barreras del silencio de la lejanía en medio de incertidumbres erróneas.
Así vamos creando un lazo de cercanía cada vez más cálido, más suave, con más vida y mis brazos te envuelven en lo mágico del sentir sin rivalidad.
Sólo dos.

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